¿Qué se puede hacer cuando se sufre de estreñimiento crónico?
El estreñimiento crónico —definido como la dificultad persistente para evacuar, con heces duras, escasas o infrecuentes (menos de tres deposiciones semanales), acompañado frecuentemente de sensación de obstrucción rectal, vaciamiento incompleto o sensación de bloqueo— requiere una evaluación integral. En primer lugar, es fundamental descartar causas secundarias: alteraciones endocrinas (hipotiroidismo, hipercalcemia), metabólicas (diabetes mal controlada), neurológicas (enfermedad de Parkinson, lesiones medulares), medicamentosos (opiáceos, anticolinérgicos, antidepresivos tricíclicos, antihipertensivos como los calcioantagonistas) o patologías estructurales (divertículos, estenosis, tumores colónicos o enfermedades del suelo pélvico).
Si no se identifica una causa orgánica, el manejo se centra en medidas no farmacológicas como la optimización de la ingesta diaria de fibra soluble e insoluble (25–30 g/día), hidratación adecuada (1,5–2 L de agua al día), actividad física regular (30 minutos diarios de ejercicio aeróbico moderado) y entrenamiento del hábito evacuatorio (intentar defecar 15–20 minutos tras las comidas, aprovechando el reflejo gastrocólico). Es clave evitar la supresión voluntaria del deseo de defecar.
En caso de insuficiencia de las medidas conductuales, se pueden considerar laxantes bajo supervisión médica: osmóticos (polietilenglicol 3350), estimulantes suaves (bisacodilo o picosulfato sódico, de uso intermitente), o agentes emolientes (docusato sódico). No se recomienda el uso crónico de laxantes estimulantes fuertes (como el aceite de ricino) ni enemas repetidos, por riesgo de dependencia y alteraciones electrolíticas. Si el estreñimiento persiste o se asocia a síntomas de alarma —pérdida de peso inexplicada, sangrado rectal, anemia ferropénica, dolor abdominal progresivo o cambios bruscos en el hábito intestinal tras los 50 años—, se debe realizar una colonoscopia u otras pruebas diagnósticas especializadas.