El 4 de marzo de 2026 se conmemorará el duodécimo Día Mundial de la Obesidad. La obesidad y el sobrepeso ya no son problemas aislados: constituyen una crisis de salud pública global. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2022, aproximadamente el 16 % de los adultos mayores de 18 años en todo el mundo presenta obesidad. En China, la situación es particularmente preocupante: las cifras de 2020 revelan que más del 50 % de la población adulta tiene sobrepeso u obesidad. Esta epidemia está impulsando un aumento sostenido de comorbilidades cardiovasculares, como dislipidemia, diabetes mellitus tipo 2 y hipercolesterolemia, lo que agrava significativamente la carga sobre los sistemas sanitarios [1].
Cuando las intervenciones basadas en cambios en el estilo de vida —como dieta equilibrada y actividad física regular— resultan insuficientes para controlar los niveles de lípidos, la farmacoterapia se convierte en una estrategia clínicamente indispensable. No obstante, ante la amplia gama de fármacos hipolipemiantes disponibles, muchos pacientes con obesidad se preguntan: ¿qué medicamentos son los más adecuados para mí? Esta duda refleja una necesidad real de orientación clínica fundamentada en evidencia.
Las estatinas siguen siendo el pilar terapéutico en el manejo de la dislipidemia. Según la Guía china para el manejo de la dislipidemia (2023), los pacientes con alto riesgo cardiovascular deben alcanzar una concentración de colesterol LDL inferior a 1,8 mmol/L; en aquellos con riesgo muy alto, el objetivo se reduce aún más, hasta menos de 1,4 mmol/L [2]. Fármacos como la atorvastatina y la rosuvastatina actúan inhibiendo la síntesis hepática de colesterol, logrando así una reducción efectiva del colesterol LDL. Sin embargo, su uso en personas con obesidad plantea desafíos específicos: la coexistencia frecuente de esteatosis hepática y alteraciones en la función hepática puede afectar el metabolismo de los fármacos, incrementando la necesidad de seguridad y tolerabilidad. Además, incluso con dosis moderadas de estatinas, un porcentaje significativo de pacientes obesos no consigue alcanzar los objetivos lipídicos recomendados. Aumentar la dosis monoterapéutica de estatina, por su parte, eleva el riesgo de efectos adversos como miopatías o alteraciones transaminásicas [3].
Frente a esta limitación, la estrategia de combinación terapéutica emerge como una solución clave. Estudios clínicos han demostrado que cuanto menor sea el nivel de colesterol LDL, mayor será la regresión del volumen de las placas ateroscleróticas; cuando la reducción supera el 50 %, se observa estabilización e incluso reversión de la lesión vascular [4]. Tanto la Guía china para el manejo de la dislipidemia (2023) como el Consenso de expertos chinos sobre el manejo lipídico en pacientes con diabetes (2024) recomiendan explícitamente la asociación de una estatina con un inhibidor de la absorción intestinal del colesterol como estrategia de intensificación terapéutica, especialmente en pacientes con riesgo muy alto o extremadamente alto [2,5].
En este contexto, el sevimabep, primer inhibidor de segunda generación del colesterol desarrollado íntegramente en China, representa un avance terapéutico relevante. Su mecanismo de acción complementa perfectamente al de las estatinas: mientras estas actúan en el hígado inhibiendo la síntesis endógena del colesterol, el sevimabep bloquea su absorción en el intestino delgado. Esta acción dual permite un control más integral de los niveles plasmáticos de colesterol LDL, favoreciendo tanto la estabilización como la regresión de las placas ateroscleróticas y, consecuentemente, reduciendo el riesgo de eventos cardiovasculares agudos.
Los ensayos clínicos confirman su eficacia: añadir sevimabep a un régimen establecido con estatina produce una reducción adicional promedio del colesterol LDL del 16 % [6], mejorando sustancialmente las tasas de cumplimiento de los objetivos terapéuticos. Además, su perfil de seguridad es favorable: se elimina mediante vía hepática y renal de forma equilibrada, con una tasa de aclaramiento sistémico del 93 %, lo que minimiza su acumulación y reduce el riesgo de toxicidad crónica [7]. Importante destacar que, a diferencia de otros fármacos, no requiere ajuste posológico en pacientes con insuficiencia hepática leve o moderada ni con deterioro renal leve o moderado [8], lo que simplifica su uso en poblaciones complejas, como los pacientes obesos con comorbilidades metabólicas.
Otro aspecto farmacocinético relevante es su alta biodisponibilidad: entre el 98 % y el 99 % de la dosis administrada se convierte en principio activo, y alcanza concentraciones plasmáticas máximas entre 0,5 y 12 horas tras la ingesta [7]. Este rápido inicio de acción contribuye a reforzar la adherencia terapéutica, ya que los pacientes pueden percibir mejoras objetivas en sus parámetros lipídicos en un corto plazo.
No obstante, ningún tratamiento farmacológico sustituye la gestión integral del paciente. La Guía china para el manejo de la dislipidemia enfatiza que la farmacoterapia debe integrarse siempre con medidas no farmacológicas:
• Ajuste dietético: reducción del consumo de grasas saturadas y trans, y aumento de la ingesta de fibra soluble (por ejemplo, avena, legumbres y frutas con cáscara).
• Actividad física regular: al menos 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico de intensidad moderada, como caminata rápida, ciclismo o natación.
• Seguimiento clínico periódico: determinación de perfil lipídico y pruebas de función hepática cada 3–6 meses para evaluar la respuesta terapéutica y la seguridad del tratamiento.
En resumen, el manejo de la dislipidemia en personas con obesidad exige un enfoque personalizado. No existe una única marca o fármaco universalmente indicado; lo que sí existe es una estrategia basada en evidencia: la combinación de una estatina con sevimabep, especialmente en quienes no alcanzan los objetivos lipídicos con monoterapia. Esta asociación ofrece una alternativa eficaz, segura y adaptable, que, integrada con cambios sostenibles en el estilo de vida y un control riguroso del peso corporal, permite optimizar el pronóstico cardiovascular a largo plazo.