¿Puede una infección fúngica causar úlceras en las vías urinarias?
Las úlceras urinarias asociadas a infecciones fúngicas son una complicación poco frecuente pero potencialmente grave, especialmente en pacientes inmunocomprometidos, diabéticos mal controlados, receptores de trasplantes, o aquellos con catéteres vesicales prolongados. Los hongos más comúnmente implicados son Candida albicans y, con menor frecuencia, otras especies como C. glabrata, C. tropicalis o C. krusei. Estas infecciones pueden diseminarse desde la vejiga hacia la mucosa uretral o vesical, provocando lesiones ulcerativas que cursan con disuria, polaquiuria, hematuria microscópica o macroscópica, y, en casos avanzados, dolor suprapúbico o fiebre.
El diagnóstico requiere un alto índice de sospecha clínica y se confirma mediante urocultivo cuantitativo (con recuento ≥10⁴ UFC/mL en orina obtenida por sondaje vesical o punción suprapúbica), acompañado de citología urinaria y, cuando es necesario, cistoscopia con biopsia dirigida para descartar neoplasia o tuberculosis. Es fundamental diferenciar la candiduria asintomática —que no requiere tratamiento antifúngico— de la cistitis o pielonefritis fúngica sintomática, ya que el manejo terapéutico varía sustancialmente.
El tratamiento depende de la gravedad y extensión: en infecciones localizadas y leves, puede ser suficiente la retirada del catéter y la administración oral de fluconazol (200–400 mg/día durante 7–14 días). En casos graves, con úlceras extensas, obstrucción urinaria, diseminación sistémica o resistencia a azoles, se recomienda anfotericina B liposomal o equinocandinas (como caspofungina), con seguimiento microbiológico riguroso. Además, debe abordarse de forma integral el factor predisponente subyacente —como el control glucémico, la optimización inmunológica o la revisión de dispositivos invasivos— para prevenir recurrencias.