Qué comer en la fase descompensada de la cirrosis hepática
En la fase descompensada de la cirrosis hepática, el hígado ha perdido su capacidad para mantener funciones vitales esenciales, lo que conlleva complicaciones clínicas graves como ascitis, encefalopat
En la fase descompensada de la cirrosis hepática, el hígado ha perdido su capacidad para mantener funciones vitales esenciales, lo que conlleva complicaciones clínicas graves como ascitis, encefalopatía hepática, varices esofágicas y alteraciones en la coagulación. En este estadio, la nutrición no solo apoya la calidad de vida del paciente, sino que forma parte integral del manejo terapéutico.
Una de las prioridades dietéticas fundamentales es la restricción del sodio, generalmente limitado a menos de 2 g al día (equivalente a aproximadamente 5 g de cloruro sódico), con el fin de reducir la retención hidrosalina y controlar la ascitis y el edema periférico. Es indispensable evitar alimentos procesados, conservas, embutidos, sopas instantáneas y condimentos ricos en sal, incluyendo salsa de soja y caldos concentrados.
El aporte proteico requiere un equilibrio cuidadoso: aunque la malnutrición proteico-energética es frecuente en estos pacientes, una ingesta excesiva puede precipitar o agravar la encefalopatía hepática. Se recomienda una ingesta de 1,2–1,5 g/kg/día de proteína de alta calidad (como huevo, pescado, lácteos fermentados y legumbres combinadas), distribuida en varias comidas pequeñas a lo largo del día para favorecer la utilización metabólica y minimizar la carga amoniacal.
Además, se debe garantizar un aporte energético adecuado —entre 30 y 35 kcal/kg/día— mediante carbohidratos complejos (cereales integrales, tubérculos, frutas frescas) y grasas saludables (aceite de oliva virgen extra, frutos secos sin sal), evitando el ayuno prolongado que favorece la catabolización muscular y la producción de amonio.
Es obligatorio eliminar completamente el alcohol y restringir fármacos hepatotóxicos, incluso los de venta libre como el paracetamol en dosis inadecuadas. También se recomienda suplementación con vitaminas liposolubles (A, D, E, K) bajo supervisión médica, dado el riesgo de deficiencias por mala absorción y disminución de la síntesis hepática.
Finalmente, cada plan nutricional debe individualizarse según el perfil clínico específico del paciente —incluyendo presencia de diabetes, insuficiencia renal asociada o infecciones recurrentes— y ser supervisado por un equipo multidisciplinar integrado por hepatólogo, nutricionista especializado y enfermero experto en enfermedades hepáticas avanzadas.