¿Cómo se puede prevenir y tratar el hígado graso?
La esteatosis hepática, también conocida como hígado graso, es una acumulación excesiva de triglicéridos en los hepatocitos que puede progresar a inflamación (esteatohepatitis), fibrosis, cirrosis e incluso carcinoma hepatocelular si no se aborda adecuadamente. Su prevención y tratamiento se basan fundamentalmente en intervenciones no farmacológicas dirigidas a modificar los factores de riesgo subyacentes.
El pilar principal es la modificación del estilo de vida: una pérdida de peso gradual y sostenida —del 5 al 10 % del peso corporal— ha demostrado reducir significativamente la grasa hepática y mejorar los marcadores bioquímicos y histológicos. Se recomienda una dieta equilibrada, preferiblemente tipo mediterránea, rica en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y grasas saludables (como el aceite de oliva virgen extra), y con restricción clara de azúcares añadidos, bebidas azucaradas, ultraprocesados y alcohol —este último debe evitarse por completo en casos de esteatosis alcohólica o mixta.
El ejercicio físico regular —al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada (como caminar rápido, ciclismo o natación), combinado con entrenamiento de fuerza dos veces por semana— mejora la sensibilidad a la insulina, reduce la lipogénesis hepática y favorece la oxidación de ácidos grasos. Además, es esencial controlar las comorbilidades asociadas: diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial, dislipidemia y síndrome metabólico, mediante seguimiento médico periódico y tratamiento farmacológico cuando sea indicado.
No existe actualmente un fármaco aprobado específicamente para la esteatohepatitis no alcohólica (NASH), aunque algunos agentes como la vitamina E (en pacientes sin diabetes ni enfermedad cardiovascular) o el pioglitazona (en casos seleccionados con biopsia confirmatoria) pueden considerarse bajo supervisión especializada. La evaluación inicial debe incluir pruebas de función hepática, ecografía abdominal, y en algunos casos, elastografía hepática o biomarcadores no invasivos (como el índice NAFLD o FIB-4) para valorar el grado de grasa y fibrosis. En casos avanzados o con sospecha de progresión, se recomienda derivación a hepatología para estudio integral.