¿Alguna vez ha escuchado la frase popular «mil taeles no compran la delgadez en la vejez»? Muchos adultos mayores, convencidos de que la delgadez equivale a longevidad, intentan mantener un peso bajo como si fuera un indicador infalible de salud. Sin embargo, la evidencia médica actual desmiente esta creencia: para personas mayores de 65 años, el peso corporal ideal no se define por la mera ausencia de grasa, sino por un equilibrio que respalde la función fisiológica y la reserva nutricional.
¿Por qué la delgadez extrema puede ser un riesgo en la vejez?
El envejecimiento acelera la pérdida progresiva de masa muscular esquelética —un proceso conocido como sarcopenia—, que se agrava con el bajo peso. Cuando un adulto mayor presenta un índice de masa corporal (IMC) inferior a 20 kg/m², existe una alta probabilidad de hipomusculatura, lo que compromete no solo la fuerza física, sino también el metabolismo basal, la regulación glucémica y la estabilidad postural.
Además, el tejido adiposo no es simplemente un depósito inerte de energía: participa activamente en la respuesta inmunitaria mediante la secreción de adipocinas y citocinas antiinflamatorias. En sujetos muy delgados, esta función protectora se debilita, aumentando la susceptibilidad a infecciones respiratorias, retrasando la cicatrización de heridas y prolongando la recuperación tras episodios agudos como neumonías o cirugías menores.
¿Qué dice la ciencia sobre el «sobrepeso leve» en ancianos?
Varios estudios prospectivos, entre ellos el estudio CHS (Cardiovascular Health Study) y análisis de cohortes del National Health and Nutrition Examination Survey (NHANES), han identificado un fenómeno denominado «paradoja del sobrepeso»: los adultos mayores con un IMC entre 24 y 29 kg/m² presentan tasas de mortalidad total significativamente más bajas que aquellos con bajo peso o obesidad mórbida.
Esta ventaja se explica, en parte, por una mayor reserva nutricional. Al disminuir la eficiencia digestiva y la síntesis proteica con la edad, los ancianos necesitan depósitos energéticos que amortigüen los catabolismos asociados a enfermedades agudas. Asimismo, la carga mecánica moderada ejercida por un peso corporal adecuado estimula la actividad osteoblástica, mientras que el tejido adiposo subcutáneo contribuye a la conversión periférica de andrógenos en estrógenos, favoreciendo la densidad mineral ósea y reduciendo el riesgo de fracturas por fragilidad, especialmente en cadera y vértebras.
¿Cómo evaluar adecuadamente el estado nutricional en personas mayores?
El simple uso de la balanza es insuficiente. El IMC debe interpretarse junto con parámetros clínicos complementarios: circunferencia braquial, pliegue cutáneo tricipital, relación cintura-cadera y, cuando sea posible, bioimpedancia eléctrica para estimar la masa libre de grasa. Un pliegue tricipital de 15–25 mm en mujeres y 12–22 mm en hombres sugiere una composición corporal equilibrada; una ligera convexidad abdominal sin exceso visceral (circunferencia de cintura <88 cm en mujeres y <102 cm en hombres) suele ser más favorable que una silueta extremadamente delgada con pérdida de volumen muscular.
Tres pilares para preservar un peso saludable en la tercera edad
En primer lugar, la ingesta proteica debe alcanzar 1,2–1,5 g/kg/día, distribuida equitativamente en tres comidas principales. Fuentes de alto valor biológico —como huevos, leche fermentada, queso fresco, pescado blanco y legumbres combinadas con cereales— son fundamentales para contrarrestar la sarcopenia.
En segundo lugar, la actividad física debe ser constante y funcional: caminatas diarias de 30 minutos a ritmo moderado, ejercicios de resistencia con bandas elásticas dos veces por semana y prácticas de equilibrio como tai chi mejoran la masa muscular, la sensibilidad a la insulina y la coordinación neuromuscular.
Por último, se recomienda un seguimiento antropométrico trimestral. Una pérdida de peso no intencionada superior al 5 % en seis meses constituye una señal de alarma que requiere evaluación geriátrica integral —incluyendo cribado de depresión, disfagia, malabsorción o neoplasias ocultas—, mientras que fluctuaciones menores dentro de ±2 kg suelen reflejar variaciones fisiológicas normales.
La salud en la vejez no se mide con patrones universales, sino con criterios individualizados. Para muchos adultos mayores, una ligera abundancia de tejido adiposo no es un signo de descuido, sino una expresión de reserva fisiológica. Priorizar la funcionalidad, la fuerza y la resiliencia —y no meramente el número en la báscula— es, hoy más que nunca, la clave de un envejecimiento saludable.