¿Es hipertensión una presión arterial de 150/90 mmHg?
Una presión arterial de 150/90 mmHg se clasifica como hipertensión arterial en adultos, según las guías clínicas más recientes de la Sociedad Europea de Cardiología (ESC) y la Sociedad Europea de Hipe
Una presión arterial de 150/90 mmHg se clasifica como hipertensión arterial en adultos, según las guías clínicas más recientes de la Sociedad Europea de Cardiología (ESC) y la Sociedad Europea de Hipertensión (ESH), así como de la American College of Cardiology (ACC) y la American Heart Association (AHA).
En esta lectura, la cifra superior —150 mmHg— corresponde a la presión sistólica, es decir, la presión ejercida por la sangre sobre las arterias durante la contracción ventricular. La cifra inferior —90 mmHg— representa la presión diastólica, que corresponde a la presión existente entre latidos, cuando el corazón está en reposo.
Según los criterios diagnósticos vigentes, se considera hipertensión arterial estadio 1 cuando la presión sistólica se encuentra entre 140 y 159 mmHg y/o la presión diastólica oscila entre 90 y 99 mmHg. Por tanto, una medición aislada de 150/90 mmHg cumple los umbrales para este diagnóstico inicial.
No obstante, el diagnóstico de hipertensión no se establece con una sola lectura. Se requiere la confirmación mediante mediciones repetidas en condiciones adecuadas: tras un mínimo de cinco minutos de reposo, con el paciente sentado, sin cafeína ni tabaco en los últimos 30 minutos, y utilizando un esfigmomanómetro calibrado y del tamaño apropiado para el brazo. En la práctica clínica, se recomienda realizar al menos dos mediciones en cada visita, separadas por un minuto, y promediarlas; si hay discrepancia mayor de 5 mmHg, se debe tomar una tercera. El diagnóstico definitivo suele requerir la evaluación ambulatoria (MAPA) o la monitorización domiciliaria (AMPA) para descartar la hipertensión de bata blanca o la hipertensión enmascarada.
Este nivel tensional implica un aumento significativo del riesgo cardiovascular, especialmente si coexisten otros factores de riesgo como diabetes, dislipidemia, tabaquismo, obesidad abdominal o antecedentes familiares prematuros de enfermedad coronaria. Por ello, su identificación debe ir seguida de una evaluación integral del riesgo global, incluyendo análisis de laboratorio, electrocardiograma y, en algunos casos, ecocardiografía.
El manejo inicial prioriza modificaciones del estilo de vida: reducción del sodio (< 5 g/día), patrón dietético rico en frutas, verduras y lácteos bajos en grasa (como la dieta DASH), actividad física aeróbica moderada ≥150 minutos/semana, abandono del tabaco y limitación del consumo de alcohol. Si persiste la elevación tras 3–6 meses de intervención no farmacológica —o si el riesgo cardiovascular es alto desde el inicio— se indica tratamiento farmacológico individualizado, generalmente con inhibidores de la ECA, bloqueadores del receptor de angiotensina II, bloqueadores de los canales de calcio o diuréticos tiazídicos.
Es fundamental recordar que la hipertensión es una condición crónica, asintomática en la mayoría de los casos, pero altamente tratable. Su control adecuado reduce de forma demostrada la incidencia de infarto agudo de miocardio, accidente cerebrovascular, insuficiencia cardíaca y enfermedad renal crónica.