¿Ha visto circular en grupos familiares de WhatsApp mensajes que advierten: «Caminar demasiado puede provocar trombosis en personas mayores»? Esta afirmación, repetida con frecuencia entre adultos mayores, suele generar confusión e incluso ansiedad. Después de todo, la marcha es ampliamente reconocida como una de las actividades físicas más seguras y accesibles. Sin embargo, como ocurre con muchos mitos sobre salud, la realidad reside en los matices: no es caminar lo que resulta peligroso, sino cómo, cuánto y bajo qué condiciones se practica.
¿Existe realmente una relación directa entre caminar y el riesgo de trombosis? La evidencia médica es clara: la inmovilidad prolongada —como la que sigue a una cirugía mayor o durante hospitalizaciones extendidas— sí constituye un factor de riesgo bien establecido para la trombosis venosa profunda (TVP). Por el contrario, la actividad física moderada, como una caminata regular y adaptada, mejora significativamente la circulación venosa y reduce la estasis sanguínea, uno de los tres pilares de la tríada de Virchow. En términos fisiológicos, el bombeo muscular de las piernas actúa como una «segunda bomba cardíaca», facilitando el retorno venoso y previniendo la acumulación de sangre en las venas profundas.
No obstante, ciertos patrones de caminata pueden volverse contraproducentes. Algunos adultos mayores adoptan metas rígidas —como los famosos «10 000 pasos diarios»— sin considerar su estado articular, cardiovascular o la presencia de comorbilidades. Caminar con dolor articular persistente, sin descanso adecuado ni calzado biomecánicamente apropiado, puede inducir microtraumatismos en la pared vascular, alterando la integridad del endotelio y favoreciendo la activación plaquetaria. Así, la sobrecarga mecánica crónica actúa como un factor desencadenante potencial, especialmente en vasos ya comprometidos.
¿Qué señales deben alertar a quienes practican caminatas regulares? Es fundamental distinguir la fatiga muscular habitual del dolor patológico. Una hinchazón unilateral persistente en la pantorrilla o el tobillo, acompañada de calor localizado, eritema o sensación de tensión, puede ser el primer indicio de una trombosis venosa. Asimismo, la disnea súbita o el dolor torácico tras ejercicio físico podrían sugerir una embolia pulmonar —complicación grave derivada de la migración de un émbolo. Estos síntomas suelen subestimarse como «sobreesfuerzo», retrasando el diagnóstico y tratamiento oportuno.
Los pacientes con hipertensión arterial, diabetes mellitus o dislipidemia presentan un entorno vascular propicio para la formación de trombos: la disfunción endotelial crónica, la hipercoagulabilidad y la alteración del flujo laminar favorecen la adherencia plaquetaria y la deposición de lípidos. En este grupo, la prescripción de actividad física debe ser individualizada, integrando evaluación cardiorrespiratoria, valoración podológica y, cuando corresponda, monitorización ambulatoria de presión arterial y glucemia.
Entonces, ¿cuál es la estrategia óptima para caminar con seguridad? Primero, el momento del día: aunque las mañanas ofrecen mayor concentración de oxígeno ambiental, la presión arterial y la agregabilidad plaquetaria alcanzan sus picos máximos en las primeras horas posdespertar. Se recomienda iniciar la caminata al menos 60 minutos después de levantarse y tras una ligera hidratación, permitiendo una transición fisiológica gradual. Segundo, la intensidad: no existe un número universal de pasos ideal. El parámetro funcional más válido es la capacidad de mantener una conversación fluida sin jadeo —lo que corresponde aproximadamente a una intensidad moderada (4–6 METs según la escala de compendio de actividades físicas). Tercero, los elementos complementarios: uso de calzado con amortiguación adecuada y soporte medial, ingesta regular de agua (especialmente en climas cálidos o con polifarmacia diurética) y pausas activas cada 30 minutos si la caminata supera una hora.
En lugar de dejarse llevar por rumores infundados, lo más efectivo es adoptar una actitud proactiva y basada en evidencia: consultar con el médico de cabecera o un especialista en medicina del deporte antes de iniciar o modificar rutinas de actividad física; aprender a interpretar las señales del propio cuerpo; y priorizar la constancia sobre la intensidad extrema. Al final, la mejor profilaxis contra la trombosis no es evitar moverse, sino moverse con inteligencia, respeto y acompañamiento médico.