¿Cuál es el mejor tratamiento para la sinovitis crónica?
El tratamiento de la sinovitis crónica debe ser integral, personalizado y dirigido tanto a controlar la inflamación como a preservar la función articular a largo plazo. En primer lugar, es fundamental establecer un diagnóstico etiológico preciso —ya que la sinovitis crónica puede asociarse a artritis reumatoide, artritis psoriásica, artritis por cristales (como gota o pseudogota), enfermedades autoinmunes sistémicas o incluso infecciones persistentes—, lo cual condiciona directamente la estrategia terapéutica.
La base del manejo incluye medidas no farmacológicas: reposo relativo de la articulación afectada, aplicación de frío o calor según la fase clínica, fisioterapia supervisada para mantener la amplitud de movimiento y fortalecer la musculatura periférica, y adaptaciones funcionales para reducir la sobrecarga articular. En el ámbito farmacológico, se inician habitualmente antiinflamatorios no esteroideos (AINE) para el control sintomático, aunque su uso prolongado requiere evaluación cuidadosa de riesgos gastrointestinales y cardiovasculares.
Cuando hay evidencia de actividad inflamatoria persistente o daño estructural progresivo, se indica tratamiento con fármacos antirreumáticos modificadores de la enfermedad (FARME), como metotrexato, leflunomida o sulfasalazina; en casos refractarios o con alto grado de actividad, se recurre a biológicos (por ejemplo, inhibidores del factor de necrosis tumoral alfa, anticuerpos anti-IL-6 o moléculas dirigidas contra linfocitos B) o a fármacos sintéticos de acción específica (JAK-inhibidores). En situaciones seleccionadas —como derrames recurrentes o sinovitis resistente— puede considerarse una artroscopia diagnóstica y terapéutica con sinovecomía quirúrgica o radiológica.
Es esencial un seguimiento multidisciplinar regular —con reumatólogo, fisioterapeuta y, si procede, cirujano ortopédico—, así como la monitorización periódica mediante marcadores inflamatorios (velocidad de sedimentación globular, proteína C reactiva), estudios por imagen (ecografía articular o resonancia magnética) y evaluación funcional objetiva. El objetivo terapéutico no es solo la remisión clínica, sino también la prevención de la erosión ósea y la discapacidad articular.