¿Qué hacer si la viscosidad sanguínea está elevada?
La viscosidad sanguínea elevada —también conocida como hiperviscosidad— no es una enfermedad en sí misma, sino un hallazgo bioquímico y reológico que puede asociarse con un mayor riesgo de eventos tro
La viscosidad sanguínea elevada —también conocida como hiperviscosidad— no es una enfermedad en sí misma, sino un hallazgo bioquímico y reológico que puede asociarse con un mayor riesgo de eventos trombóticos, alteraciones microcirculatorias e incluso disfunción orgánica. Se define como un aumento anormal de la resistencia al flujo de la sangre, principalmente debido a cambios en la concentración de hematíes, proteínas plasmáticas (como la fibrinógeno o las inmunoglobulinas), o en la deformabilidad eritrocitaria.
El diagnóstico requiere una evaluación integral: además de la medición directa de la viscosidad plasmática y sanguínea completa mediante viscosimetría rotacional, es fundamental descartar causas subyacentes. Entre ellas destacan las policitemias (especialmente la policitemia vera), las gammapatías monoclonales (como el mieloma múltiple o la macroglobulinemia de Waldenström), las deshidrataciones severas, las enfermedades inflamatorias crónicas y ciertas neoplasias linfoproliferativas. También deben valorarse factores modificables: tabaquismo, obesidad, sedentarismo, hipertensión arterial y dislipidemias.
El manejo no se centra únicamente en reducir cifras aisladas, sino en abordar la causa raíz y mitigar el riesgo tromboembólico. En casos sintomáticos o con valores muy elevados —por ejemplo, viscosidad sanguínea >4,5 cP a 200 s⁻¹— puede indicarse aféresis terapéutica (como la plasmaféresis o la eritroféresis), especialmente en gammapatías con hiperviscosidad sintomática. Sin embargo, la mayoría de los pacientes se benefician inicialmente de intervenciones no farmacológicas: hidratación adecuada, corrección del estado nutricional, ejercicio físico supervisado y cesación tabáquica.
En situaciones específicas, el tratamiento farmacológico es indispensable: citostáticos en policitemia vera (como la hidroxiurea), quimioterapia dirigida en gammapatías, o anticoagulantes/antiagregantes bajo criterio riguroso —siempre considerando el balance entre beneficio hemorrágico y protección trombótica. Es crucial evitar automedicaciones o suplementos no validados (como altas dosis de ácido ascórbico o hierro), que podrían empeorar el cuadro.
El seguimiento debe ser multidisciplinar: hematología, medicina interna y, según el caso, especialidades como nefrología o reumatología. La monitorización periódica incluye recuentos sanguíneos completos, perfil bioquímico, proteínas séricas totales y electroforesis, junto con evaluación clínica de síntomas neurológicos, visuales o vasculares —como cefaleas persistentes, mareos, episodios isquémicos transitorios o pérdida visual fugaz—, que pueden ser señales tempranas de compromiso microvascular.