¿Cómo debe actuar un paciente con hiperuricemia ante su médico?
La hiperuricemia es una alteración metabólica caracterizada por concentraciones séricas de ácido úrico superiores a 6,8 mg/dL en mujeres y a 7,0 mg/dL en hombres. Aunque muchas personas permanecen asi
La hiperuricemia es una alteración metabólica caracterizada por concentraciones séricas de ácido úrico superiores a 6,8 mg/dL en mujeres y a 7,0 mg/dL en hombres. Aunque muchas personas permanecen asintomáticas durante años, este trastorno constituye un factor de riesgo significativo para la gota, la litiasis renal, la enfermedad renal crónica e incluso las complicaciones cardiovasculares.
El abordaje diagnóstico comienza con una analítica sanguínea que cuantifique el ácido úrico sérico en ayunas, preferiblemente tras evitar factores interferentes como el consumo reciente de alcohol, dietas ricas en purinas o medicamentos como diuréticos tiazídicos o furosemida. Es fundamental interpretar el resultado en contexto clínico: niveles elevados deben correlacionarse con síntomas articulares agudos, antecedentes de cálculos renales, disfunción renal o comorbilidades como hipertensión arterial, obesidad o síndrome metabólico.
El manejo no se limita al control farmacológico. La evaluación integral incluye la valoración nutricional (reducción de ingesta de carne roja, mariscos, bebidas azucaradas y alcohol), el ajuste del peso corporal, la hidratación adecuada y la revisión crítica de tratamientos concurrentes. En pacientes con episodios recurrentes de gota, niveles persistentemente superiores a 9 mg/dL o evidencia de depósitos de cristales de urato (como tofos o lesiones renales), se recomienda iniciar terapia uricosúrica o uricosúrica —como alopurinol, febuxostat o benzbromarona— bajo supervisión especializada.
La consulta con un reumatólogo o nefrólogo es indicada ante la presencia de artritis aguda recurrente, insuficiencia renal progresiva, cálculos renales múltiples o cuando la hiperuricemia coexiste con otras patologías sistémicas complejas. El seguimiento debe ser periódico, con monitorización del ácido úrico sérico, función renal y parámetros inflamatorios, ajustando la estrategia terapéutica según la respuesta clínica y la tolerabilidad.