¿Cómo prevenir la hipotensión ortostática?
La hipotensión ortostática, también conocida como hipotensión postural, es una caída excesiva de la presión arterial que ocurre al cambiar de posición —por ejemplo, al pasar de estar acostado o sentad
La hipotensión ortostática, también conocida como hipotensión postural, es una caída excesiva de la presión arterial que ocurre al cambiar de posición —por ejemplo, al pasar de estar acostado o sentado a ponerse de pie— y que puede provocar mareos, visión borrosa, debilidad o incluso desmayos. Aunque suele ser más frecuente en personas mayores, también puede afectar a adultos jóvenes, especialmente tras infecciones virales, durante el embarazo o como efecto secundario de ciertos medicamentos.
La prevención de esta condición se basa en estrategias no farmacológicas fundamentadas en la fisiología cardiovascular y la regulación autonómica. Entre las medidas más eficaces destacan: mantener una ingesta adecuada de líquidos y sodio (si no hay contraindicaciones como insuficiencia cardíaca o enfermedad renal crónica), evitar cambios posturales bruscos —levantándose lentamente, primero sentándose unos segundos antes de incorporarse— y realizar ejercicios isométricos breves antes de levantarse, como apretar los puños o contraer los músculos abdominales y de las piernas.
Otras intervenciones respaldadas por evidencia incluyen el uso de medias de compresión graduada (clase II, 20–30 mmHg), que reducen la estasis venosa en las extremidades inferiores, y elevar ligeramente la cabecera de la cama durante el sueño (entre 10 y 15 cm), lo que disminuye la diuresis nocturna y ayuda a preservar el volumen intravascular matutino. En pacientes con causas secundarias identificables —como neuropatía autonómica, deficiencia de vitamina B12 o trastornos endocrinos—, el manejo debe dirigirse específicamente a la patología subyacente.
Es fundamental que cualquier persona con síntomas recurrentes de hipotensión ortostática sea evaluada por un médico especialista, ya que su aparición súbita o progresiva puede ser indicativa de alteraciones del sistema nervioso autónomo, como la atrofia multisistémica o la neuropatía autonómica diabética, y requiere diagnóstico diferencial riguroso y seguimiento personalizado.