¿Cómo deben actuar los padres ante la adicción de sus hijos a los videojuegos?
Los videojuegos forman parte de la vida cotidiana de muchos niños y adolescentes, pero cuando su uso se vuelve excesivo, repetitivo y descontrolado —interfiriendo con el sueño, el rendimiento académic
Los videojuegos forman parte de la vida cotidiana de muchos niños y adolescentes, pero cuando su uso se vuelve excesivo, repetitivo y descontrolado —interfiriendo con el sueño, el rendimiento académico, las relaciones sociales o la salud física— puede constituir un trastorno del comportamiento conocido como «trastorno por juego en línea», reconocido oficialmente por la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde 2019 y clasificado en la CIE-11 como una condición mental diagnósticable.
No se trata simplemente de pasar mucho tiempo jugando, sino de una pérdida progresiva del control sobre la conducta lúdica: el menor prioriza sistemáticamente los juegos frente a otras actividades esenciales, persiste en su uso a pesar de consecuencias negativas evidentes y experimenta síntomas de irritabilidad, ansiedad o malestar emocional al intentar reducirlo o interrumpirlo. Estos criterios deben mantenerse de forma continua durante al menos doce meses para establecer un diagnóstico formal, aunque la intervención temprana es clave incluso ante señales iniciales.
Los padres no deben responder con castigos, confiscaciones bruscas de dispositivos ni confrontaciones emocionales intensas, ya que esto puede reforzar la evitación y profundizar el aislamiento. En cambio, se recomienda adoptar un enfoque basado en la comunicación empática, el establecimiento de límites claros y negociados, y la promoción activa de alternativas significativas: actividades físicas supervisadas, participación en proyectos creativos o comunitarios, y espacios regulares de interacción cara a cara sin pantallas. Es fundamental revisar también los patrones familiares de uso digital: los modelos conductuales de los adultos tienen un impacto directo en los hábitos de los menores.
Cuando los síntomas afectan gravemente la funcionalidad diaria —como insomnio crónico, deterioro del rendimiento escolar, retraimiento social marcado o alteraciones del estado de ánimo— es indispensable consultar a un profesional especializado: psiquiatra infantil, psicólogo clínico o equipo multidisciplinar con experiencia en adicciones conductuales. El tratamiento suele integrar terapia cognitivo-conductual, entrenamiento en habilidades de autorregulación y, en algunos casos, intervención familiar estructurada. La recuperación es posible con apoyo adecuado, y el objetivo no es la abstinencia absoluta, sino el restablecimiento de un uso equilibrado y autónomo de la tecnología.