¿Alguna vez se ha preguntado si una gota de colirio podría compartir su origen químico con sartenes antiadherentes o chaquetas impermeables? Esta conexión inesperada está centrada en una familia de compuestos cada vez más controvertidos: los PFAS (sustancias perfluoroalquilo y polifluoroalquilo). Conocidos como «los productos químicos eternos», su extraordinaria estabilidad —debida al enlace carbono-flúor, uno de los más fuertes en la naturaleza— los hace extremadamente resistentes a la degradación ambiental y biológica. Ahora, algunos de estos compuestos han ingresado al ámbito oftalmológico: dos nuevos colirios aprobados recientemente para el tratamiento del ojo seco contienen perfluorohexiloctano (F6H8) y perfluorobutilpentano (F4H5), moléculas clasificadas formalmente como PFAS.
El ojo seco es una enfermedad crónica de alta prevalencia, cuya incidencia sigue en aumento. Aunque estos fármacos ofrecen un mecanismo novedoso —basado en la formación de una película protectora sobre la superficie ocular— su perfil toxicológico está siendo revisado críticamente. Los PFAS no solo plantean riesgos ecológicos por su persistencia y bioacumulación, sino también preocupaciones emergentes sobre su impacto sistémico tras administración tópica oftálmica. Mientras reguladores de la Unión Europea, Francia y China refuerzan restricciones sobre su uso en envases alimentarios, cosméticos y textiles, su incorporación en medicamentos terapéuticos abre un debate científico y regulatorio de primer orden.
Un estudio publicado en febrero de 2026 en la revista Environment International ha desafiado una premisa largamente aceptada: que el F6H8 es metabólicamente inerte en humanos. Hasta ahora, la Agencia Estadounidense del Medicamento (FDA) y otros organismos reguladores habían asumido que este compuesto atraviesa el organismo sin transformarse. Sin embargo, investigadores suecos utilizaron células hepáticas humanas diferenciadas (línea HepaRG, modelo validado para sustituir hepatocitos primarios) expuestas a concentraciones equivalentes a las que podrían alcanzarse tras aplicación crónica oftálmica. Tras 24 horas, detectaron un metabolito nuevo y cuantificable: el ácido perfluorohexiloctano, generado mediante oxidación terminal del F6H8 —un proceso mediado probablemente por enzimas del sistema citocromo P450, hasta ahora considerado improbable para este tipo de moléculas.
Este hallazgo no es solo una curiosidad bioquímica: el metabolito resultante exhibe una actividad biológica mucho más amplia que su precursor. El análisis metabolómico reveló que el ácido perfluorohexiloctano se correlaciona significativamente con más de 280 metabolitos hepáticos —siete veces más que el F6H8 original— alterando profundamente múltiples vías clave: el metabolismo de aminoácidos, la función mitocondrial, la síntesis de ácidos biliares y el metabolismo de esfingolípidos. Además, induce estrés oxidativo y daño mitocondrial, lo que sugiere un potencial tóxico sistémico subestimado.
Otro hallazgo relevante fue la perturbación profunda del metabolismo lipídico hepático. Tras exposición al F6H8, se observaron cambios significativos en fosfolípidos y esfingolípidos —componentes estructurales fundamentales de las membranas celulares—. En bajas concentraciones, el compuesto afecta preferentemente las vías de señalización de esfingolípidos y leucotrienos, asociadas clínicamente con resistencia a la insulina, síndrome metabólico y lesión hepática inducida por fármacos. En concentraciones más altas, la disrupción se extiende al metabolismo central del carbono y a la degradación de aminoácidos, indicando una pérdida progresiva de la capacidad compensatoria celular. Asimismo, el metabolito activo estimula la síntesis de ácidos biliares primarios y altera el ciclo de la urea, lo que podría comprometer la homeostasis nitrogenada y aumentar la carga tóxica intrahepática.
Un detalle particularmente revelador fue la disminución sostenida de acilcarnitinas intracelulares. Estas moléculas son esenciales para el transporte de ácidos grasos hacia la mitocondria y su posterior oxidación para producción energética. Su reducción sugiere una disfunción en la β-oxidación lipídica, con implicaciones potenciales para el metabolismo energético hepático. Paralelamente, el aumento de la relación lisofosfatidilcolina/fosfatidilcolina indica una alteración en los procesos de remodelación y reparación de membranas —fenómeno frecuentemente vinculado al estrés celular y a la inflamación crónica.
Estos datos redefinen el perfil de seguridad del F6H8. Lejos de ser un agente pasivo, puede metabolizarse activamente en el hígado, generando derivados con propiedades bioquímicas distintas y potencialmente más tóxicas. Aunque aún no existen evidencias clínicas directas de daño hepático en pacientes tratados, la acumulación crónica —dada la farmacocinética conocida de compuestos similares (con semivida hepática de semanas y concentraciones hepáticas hasta el doble que las plasmáticas)— exige una evaluación rigurosa a largo plazo. Estudios en conejos ya han demostrado que el F6H8 es detectable en sangre tras una sola aplicación oftálmica, persistiendo durante al menos 24 horas.
Ante este panorama, surge una pregunta fundamental: ¿es indispensable emplear un PFAS para tratar el ojo seco? Una revisión reciente publicada en Science of the Total Environment cuestiona la necesidad terapéutica de estos compuestos. Alternativas consolidadas —como lágrimas artificiales hipotónicas, ciclosporina oftálmica o lifitegrast— carecen de PFAS y cuentan con sólida evidencia de eficacia y seguridad. Además, los ensayos clínicos del F6H8 compararon su efectividad contra soluciones salinas hipotónicas —no reconocidas como estándar terapéutico— lo que podría haber sobreestimado su beneficio relativo. La Agencia Europea de Medicamentos (EMA) ha advertido expresamente sobre el riesgo ambiental de los excipientes fluorados anhidros y recomienda su recuperación y eliminación controlada, no su descarte convencional.
No se trata de descartar de forma tajante una opción terapéutica que puede beneficiar a pacientes con formas refractarias de ojo seco. Se trata, más bien, de adoptar un enfoque precautorio basado en evidencia: priorizar diseños farmacéuticos más sostenibles cuando existan alternativas viables, exigir estudios de farmacocinética y toxicidad sistémica a largo plazo, y garantizar una comunicación transparente sobre riesgos potenciales aún no completamente caracterizados. Una gota de colirio puede aliviar la sequedad ocular, pero también representa una puerta de entrada —a menudo subestimada— al metabolismo sistémico. Como señalan los autores del estudio, el verdadero examen no será inmediato, sino longitudinal: el tiempo, junto con la investigación rigurosa, será el mejor juez de su verdadera huella biológica.