¿Se puede deshacer la adherencia articular después de 6 meses?
La artrofibrosis, o adherencias articulares, es una complicación que puede surgir tras una lesión, cirugía o inmovilización prolongada de una articulación. A los 6 meses del inicio de la rigidez, aún existe una ventana terapéutica real para recuperar funcionalidad, aunque el pronóstico depende críticamente de varios factores: la articulación afectada (por ejemplo, rodilla y hombro son más susceptibles a la fibrosis que codo o muñeca), la causa subyacente, la gravedad del compromiso articular, la presencia o ausencia de cambios óseos secundarios (como osteofitos o anquilosis) y, sobre todo, la adherencia al tratamiento rehabilitador.
En esta etapa —considerada como fase crónica temprana—, la intervención debe ser multidisciplinar: fisioterapia especializada con técnicas de movilización manual progresiva, estiramientos controlados, terapia ocupacional si hay afectación funcional diaria, y, en algunos casos, infiltraciones intraarticulares con corticoides bajo guía ecográfica para reducir la inflamación local. No se recomienda la manipulación forzada bajo anestesia (MUA) sin evaluación previa por un traumatólogo, ya que conlleva riesgo de fractura por estrés, rotura tendinosa o daño cartilaginoso.
Si tras 4–6 semanas de rehabilitación intensiva (mínimo 3 sesiones semanales supervisadas) no se observa mejora objetiva en el arco de movimiento ni en el dolor funcional, debe considerarse una valoración quirúrgica. La artroscopia diagnóstica y liberadora puede ser indicada para identificar y seccionar adherencias intracapsulares, siempre que no existan alteraciones estructurales irreversibles. Es fundamental descartar causas concurrentes como infección residual, artritis autoinmune activa o necrosis avascular, mediante análisis sanguíneos (PCR, VSG, factor reumatoide, anticuerpos anti-CCP) y resonancia magnética articular.
El pronóstico funcional a largo plazo es favorable en aproximadamente el 70–80 % de los casos tratados oportunamente y de forma integral, aunque la recuperación completa del rango de movimiento pre-mórbido no siempre es alcanzable. La clave reside en la continuidad del autocuidado: ejercicios domiciliarios diarios, control del edema y evitación de la sobrecarga prematura. Un seguimiento periódico con el equipo de rehabilitación permite ajustar el plan y prevenir recidivas.