¿Por qué la fiebre en los niños no cede?
Cuando un niño presenta fiebre persistente —es decir, una elevación sostenida de la temperatura corporal por encima de 38 °C durante más de 48 a 72 horas—, es fundamental descartar causas subyacentes
Cuando un niño presenta fiebre persistente —es decir, una elevación sostenida de la temperatura corporal por encima de 38 °C durante más de 48 a 72 horas—, es fundamental descartar causas subyacentes que requieren evaluación médica oportuna. La fiebre no es una enfermedad en sí misma, sino una respuesta fisiológica del organismo ante infecciones (viral o bacteriana), procesos inflamatorios, reacciones adversas a medicamentos o, con menor frecuencia, trastornos autoinmunes o neoplasias.
Entre las causas infecciosas más comunes destacan las infecciones respiratorias altas y bajas (como bronquiolitis, neumonía o sinusitis), infecciones urinarias —particularmente relevantes en lactantes y niños pequeños, donde los síntomas pueden ser atípicos—, y procesos gastrointestinales como la gastroenteritis viral o bacteriana. En algunos casos, la fiebre prolongada puede asociarse a infecciones sistémicas como la mononucleosis infecciosa, la tuberculosis o infecciones por patógenos atípicos como *Mycoplasma pneumoniae*.
También deben considerarse causas no infecciosas: enfermedades autoinmunes como la artritis idiopática juvenil, vasculitis sistémicas (por ejemplo, la enfermedad de Kawasaki), o trastornos metabólicos hereditarios. Además, ciertos fármacos —como antibióticos, antiepilépticos o antiinflamatorios no esteroideos— pueden desencadenar fiebre por hipersensibilidad o efecto secundario.
Es crucial prestar atención a los signos de alarma: letargia marcada, dificultad respiratoria, rash cutáneo progresivo, rigidez de nuca, convulsiones febriles recurrentes, disminución de la ingesta o diuresis, o ausencia de respuesta al tratamiento sintomático con antitérmicos. Estos hallazgos justifican una valoración inmediata en urgencias pediátricas.
El diagnóstico se basa en una historia clínica detallada, exploración física exhaustiva y, según la sospecha clínica, pruebas complementarias como hemograma, bioquímica sanguínea, cultivos (urinario, faríngeo, hemocultivos), análisis de orina, PCR, radiografía de tórax o estudios de imagen avanzada. El manejo depende siempre de la causa identificada: antibióticos en infecciones bacterianas confirmadas, soporte sintomático en cuadros virales autolimitados, o tratamientos específicos en enfermedades sistémicas.
No se recomienda el uso empírico prolongado de antitérmicos ni la automedicación. La persistencia de la fiebre debe interpretarse como una señal biológica que exige una evaluación integral, no como un síntoma a suprimir sin abordar su origen.