¿Qué causa los vértigos no vestibulares?
El vértigo no vestibular constituye un desafío diagnóstico frecuente en la práctica clínica, ya que sus causas no se originan en el sistema vestibular periférico ni en las vías centrales específicas d
El vértigo no vestibular constituye un desafío diagnóstico frecuente en la práctica clínica, ya que sus causas no se originan en el sistema vestibular periférico ni en las vías centrales específicas de procesamiento del equilibrio. A diferencia del vértigo vestibular —caracterizado por la sensación ilusoria de movimiento rotatorio o desplazamiento—, el vértigo no vestibular suele manifestarse como inestabilidad postural, mareo flotante, sensación de aturdimiento, confusión mental o desequilibrio sin componente rotatorio claro.
Entre las causas más relevantes se incluyen trastornos cardiovasculares, como la hipotensión ortostática, la arritmia cardíaca (particularmente los bloqueos auriculoventriculares y las taquiarritmias paroxísticas), la insuficiencia cardíaca descompensada y los síncope vasovagal recurrentes. Estas condiciones comprometen la perfusión cerebral, especialmente en regiones sensibles como el tronco encefálico y el tálamo, generando síntomas vertiginosos no específicos.
Otras etiologías importantes son los trastornos metabólicos: hipoglucemia, alteraciones electrolíticas severas (hiponatremia, hipocalcemia, hipomagnesemia), hipoxemia crónica —por ejemplo, en enfermedad pulmonar obstructiva crónica avanzada— y disfunción tiroidea, tanto hipotiroidismo como hipertiroidismo. Estos desequilibrios interfieren con la neurotransmisión neuronal y la homeostasis energética del sistema nervioso central.
También deben considerarse causas neurológicas no vestibulares, como migraña vestibular (aunque comparte síntomas con el vértigo, su fisiopatología implica mecanismos corticales y subcorticales distintos), epilepsia focal con semiología vertiginosa, demencias incipientes —especialmente aquellas con afectación del lóbulo parietal o del cerebelo— y lesiones estructurales supratentoriales, como tumores frontales o temporales que alteran redes de integración sensorial.
Además, factores psiquiátricos desempeñan un papel clave: el trastorno de pánico, el trastorno de ansiedad generalizada y el trastorno de estrés postraumático pueden presentarse con síntomas de mareo crónico, inestabilidad subjetiva y sensación de desrealización, sin hallazgos objetivos en pruebas vestibulares ni neuroimágenes. En estos casos, el vértigo actúa como una expresión somática de la disregulación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y de la hiperactividad del sistema nervioso simpático.
El diagnóstico diferencial requiere una historia clínica detallada —con énfasis en la cronología, los desencadenantes, la duración y las asociaciones sintomáticas—, una exploración física completa (incluyendo maniobras de provocación cardiovascular y neurológica) y estudios complementarios dirigidos: electrocardiograma, monitorización Holter, análisis bioquímico completo, gasometría arterial y, cuando corresponda, neuroimagen por resonancia magnética. La identificación precisa de la causa subyacente es fundamental, pues el tratamiento específico —ya sea farmacológico, conductual o intervencionista— determina el pronóstico funcional del paciente.