¿Qué hacer ante la selectividad alimentaria y la anorexia en niños?
El rechazo selectivo de alimentos o la pérdida de apetito en la infancia son fenómenos frecuentes, pero requieren una evaluación cuidadosa para descartar causas médicas subyacentes. No todos los niños
El rechazo selectivo de alimentos o la pérdida de apetito en la infancia son fenómenos frecuentes, pero requieren una evaluación cuidadosa para descartar causas médicas subyacentes. No todos los niños que comen poco presentan un trastorno; muchas veces se trata de variaciones normales del desarrollo, especialmente entre los 2 y 6 años, cuando la velocidad de crecimiento se ralentiza y la ingesta calórica disminuye de forma fisiológica.
Antes de atribuir el comportamiento alimentario a hábitos o actitudes, es fundamental descartar patologías como infecciones respiratorias recurrentes, alergias alimentarias, reflujos gastroesofágicos, estreñimiento crónico, deficiencias nutricionales (por ejemplo, hierro o zinc), alteraciones endocrinas —como hipotiroidismo— o trastornos del neurodesarrollo, incluyendo el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) o el trastorno del espectro autista (TEA), en los que la sensibilidad sensorial puede afectar significativamente la aceptación de texturas, olores o colores de los alimentos.
Desde el punto de vista conductual, las prácticas familiares juegan un papel clave: presionar al niño para que coma, utilizar la comida como premio o castigo, ofrecer alternativas cada vez que rechaza un plato, o permitir el consumo excesivo de lácteos o jugos azucarados entre comidas, pueden reforzar patrones de evitación y reducir aún más la motivación intrínseca para comer. En cambio, se recomienda establecer rutinas predecibles con horarios regulares de comida y merienda, ofrecer porciones adecuadas a la edad, incluir al niño en actividades relacionadas con la alimentación (como elegir frutas en la tienda o ayudar a preparar una ensalada) y practicar la alimentación consciente sin pantallas ni distracciones durante las comidas.
Cuando el bajo consumo alimentario se asocia con pérdida de peso, estancamiento en la curva de crecimiento, fatiga persistente, palidez, irritabilidad o retraso en hitos del desarrollo, debe iniciarse una valoración pediátrica integral. Esta incluye anamnesis detallada, exploración física completa, análisis de laboratorio dirigidos (hemograma, ferritina, perfil tiroideo, vitamina D, entre otros) y, si corresponde, derivación a especialistas como gastroenterólogo pediátrico, alergólogo o nutricionista clínico infantil.
La intervención temprana y multidisciplinar mejora significativamente el pronóstico. El objetivo no es forzar la ingesta, sino restablecer una relación saludable con la comida, respetando las señales de hambre y saciedad del niño y promoviendo una alimentación diversa, equilibrada y disfrutable desde la primera infancia.