En los últimos años, las sustancias conocidas como «químicos permanentes» —los compuestos perfluoroalquílicos y polifluoroalquílicos (PFAS, por sus siglas en inglés)— han generado una creciente alarma científica y social debido a su extraordinaria persistencia ambiental y a los potenciales riesgos para la salud humana. Estas moléculas, presentes no solo en productos industriales y de consumo, sino también en algunos medicamentos tópicos, han llevado a pacientes a cuestionar la seguridad de ciertos tratamientos dermatológicos y locales.
No obstante, es fundamental distinguir con precisión entre los PFAS y otros compuestos farmacológicos que contienen flúor. El término «perfluorado» no designa una única sustancia, sino una vasta familia química que abarca más de 10 000 compuestos distintos. Lo que los caracteriza es la presencia de enlaces carbono-flúor extremadamente estables, lo que dificulta su degradación natural y favorece su acumulación en el medio ambiente y en los tejidos humanos. En particular, los PFAS de cadena larga —como el ácido perfluorooctanoico (PFOA) y el sulfonato de perfluorooctano (PFOS)— han sido objeto de rigurosa evaluación toxicológica: la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC) clasificó el PFOA como carcinógeno humano de Grupo 1 (con evidencia suficiente en humanos), mientras que el PFOS figura como posible carcinógeno (Grupo 2B). Ambos están incluidos en el Convenio de Estocolmo sobre contaminantes orgánicos persistentes y forman parte de la Lista Nacional de Nuevos Contaminantes de Mayor Riesgo en China.
Es crucial subrayar que no todos los fármacos fluorados son PFAS. En farmacología, la incorporación intencional de átomos de flúor en estructuras moleculares es una estrategia consolidada para mejorar propiedades farmacocinéticas clave: aumenta la liposolubilidad, reduce la biotransformación hepática prematura y mejora la biodisponibilidad. Ejemplos clínicos ampliamente utilizados incluyen antibióticos como el levofloxacino y corticosteroides tópicos como la fluocinolona acetonida. Estos compuestos contienen flúor de forma covalente y controlada, pero carecen de la estructura perfluorada característica de los PFAS y no presentan los mismos perfiles de persistencia ni bioacumulación.
Los PFAS pueden aparecer en la cadena farmacéutica de manera indirecta: como impurezas residuales en principios activos, como aditivos en excipientes o incluso como componentes de equipos de fabricación y envases. Recientemente, un estudio publicado en la revista Environment International (2026) analizó los efectos metabólicos del perfluorohexiloctano (F6H8) en hepatocitos humanos. Los investigadores identificaron un metabolito previamente desconocido —el ácido perfluorohexiloctano—, lo que sugiere que esta sustancia puede experimentar biotransformaciones limitadas y generar derivados estructuralmente análogos a los PFAS clásicos. Estos hallazgos apuntan a una persistencia metabólica inesperada y a posibles efectos biológicos similares a los de los PFAS tradicionales, aunque aún requieren validación in vivo.
Para los pacientes, la clave radica en una actitud informada y equilibrada frente a los medicamentos tópicos que contienen compuestos fluorados:
Primero, la prescripción médica sigue siendo el pilar fundamental de la seguridad terapéutica. Todos los fármacos autorizados han superado ensayos clínicos rigurosos y su relación beneficio-riesgo ha sido evaluada por las agencias reguladoras. Su uso conforme a indicaciones, dosis y duración establecidas garantiza un perfil de seguridad aceptable en la práctica clínica habitual.
Segundo, no todos los compuestos fluorados presentan el mismo nivel de riesgo. Mientras que los PFAS de cadena larga (PFOA, PFOS) tienen evidencia sólida de toxicidad reproductiva, alteraciones endocrinas y potencial carcinogénico, otros fluorocompuestos farmacéuticos no comparten estos mecanismos de acción ni este comportamiento toxicocinético.
Tercero, los grupos vulnerables —como mujeres embarazadas o en lactancia, y niños pequeños— requieren una evaluación individualizada. Los datos sobre exposición tópica a PFAS en estas poblaciones son escasos, por lo que su empleo debe justificarse cuidadosamente bajo supervisión especializada.
Cuarto, la ciencia avanza continuamente: la toxicología de los PFAS sigue evolucionando, y los estudios postcomercialización, junto con los sistemas de farmacovigilancia, permitirán afinar el conocimiento sobre su seguridad a largo plazo. Por ello, mantenerse actualizado mediante fuentes confiables y dialogar abiertamente con el médico sobre dudas relacionadas con la duración del tratamiento o alternativas disponibles constituye una práctica clínica responsable.
En resumen, la seguridad de los medicamentos tópicos que contienen compuestos fluorados no puede generalizarse. Depende críticamente de la estructura química específica del ingrediente, la vía de administración, la dosis total acumulada y la duración del tratamiento. Para los fármacos autorizados y usados según prescripción, la evidencia actual respalda su seguridad a corto y medio plazo. No obstante, la comunidad científica mantiene una postura prudente ante los efectos crónicos de nuevos fluorocompuestos, especialmente aquellos con potencial de transformación metabólica hacia estructuras PFAS-like, y continúa investigando sus implicaciones para la salud pública.