¿Por qué las mujeres de 35 años tienen mayor riesgo de infidelidad?
La infidelidad no es un fenómeno exclusivo de una edad, género o contexto social, pero diversos estudios en psicología clínica y medicina sexual indican que, entre los 30 y los 40 años, algunas person
La infidelidad no es un fenómeno exclusivo de una edad, género o contexto social, pero diversos estudios en psicología clínica y medicina sexual indican que, entre los 30 y los 40 años, algunas personas —incluidas mujeres— pueden experimentar una mayor vulnerabilidad a comportamientos extramatrimoniales. Sin embargo, es crucial enfatizar que esta etapa no implica una predisposición biológica o inevitable al engaño; más bien, se trata de un período marcado por complejas intersecciones entre factores psicológicos, sociales, hormonales y relacionales.
Desde el punto de vista fisiológico, las mujeres en torno a los 35 años suelen encontrarse en pleno pico de la función ovárica y hormonal, con niveles estables de estrógenos y testosterona —esta última asociada, entre otras funciones, a la libido—. A diferencia de lo que se cree comúnmente, no existe evidencia científica que vincule directamente la edad de 35 años con un aumento del riesgo de infidelidad. Lo que sí se observa es una mayor conciencia de las propias necesidades afectivas y sexuales, junto con una mayor capacidad para reconocer desajustes en la relación de pareja.
Factores psicosociales desempeñan un papel más determinante: la presión acumulada por responsabilidades laborales, familiares y de cuidado (especialmente si hay hijos pequeños), combinada con una posible disminución de la intimidad emocional o física en la pareja, puede generar un vacío que algunas personas intentan llenar fuera del vínculo establecido. Asimismo, etapas de reevaluación personal —como la llamada «crisis de los 30»— favorecen la reflexión sobre la identidad, los logros vitales y la satisfacción relacional, lo que, en ausencia de comunicación asertiva y apoyo terapéutico, puede derivar en conductas de evasión.
Es fundamental destacar que la infidelidad nunca debe interpretarse como un diagnóstico ni como una consecuencia natural de la edad. Más bien, constituye una señal de alerta sobre dificultades subyacentes: déficit de conexión emocional, desequilibrio en la distribución de cargas domésticas, trastornos del estado de ánimo no diagnosticados (como depresión leve o ansiedad crónica) o disfunciones sexuales no abordadas. La intervención temprana mediante terapia de pareja o individual, junto con evaluación médica integral, resulta clave para abordar las causas profundas y restaurar la salud relacional.
En resumen, atribuir la infidelidad a una edad específica simplifica injustamente una realidad multifactorial. Lo relevante no es preguntarse «¿por qué a los 35?», sino «¿qué necesidades no están siendo atendidas, y cómo podemos intervenir con empatía, rigor clínico y respeto mutuo?».