En los parques madrugadores, es habitual ver a personas de edad avanzada realizando ejercicio con entusiasmo: caminatas rápidas, trote suave o ejercicios de resistencia. Aunque la actividad física regular es un pilar fundamental de la salud cardiovascular, ciertos hábitos aparentemente inofensivos pueden, sin saberlo, incrementar el riesgo vascular —especialmente en adultos mayores y personas con factores de riesgo cardiovasculares.
1. Ignorar las señales de alarma del cuerpo
Los síntomas leves no deben subestimarse. Un dolor de cabeza pulsátil en las sienes o una sensación de opresión en la nuca durante el ejercicio puede reflejar una elevación aguda de la presión arterial, no simplemente fatiga muscular. Asimismo, episodios transitorios como pérdida momentánea de visión (amaurosis fugaz), hormigueo o debilidad unilateral —aunque desaparezcan en segundos— constituyen manifestaciones clínicas de un accidente isquémico transitorio (AIT), una advertencia crítica de posible ictus inminente.
2. Elegir mal el momento del ejercicio
La fisiología circadiana juega un papel clave: entre las 6:00 y las 10:00 horas, muchos individuos experimentan un pico fisiológico de presión arterial conocido como «hipertensión matutina». Realizar actividad intensa en este intervalo puede sobrecargar el sistema vascular. Se recomienda posponer el entrenamiento hasta una hora después de la salida del sol. Por otro lado, iniciar ejercicio inmediatamente tras una comida abundante desvía el flujo sanguíneo hacia el tracto digestivo, reduciendo la perfusión cerebral y coronaria. Lo adecuado es esperar al menos 30 minutos tras la ingesta para comenzar una actividad de baja intensidad, como caminata suave.
3. Sobrepasar los límites de intensidad
En personas mayores, perseguir ritmos elevados —como mantener una cadencia específica o competir con otros— aumenta significativamente el estrés hemodinámico. La intensidad óptima debe permitir mantener una conversación fluida sin disnea (prueba del «habla continua»). Si aparece palpitaciones, disnea intensa o mareo, la actividad debe interrumpirse de inmediato: persistir bajo estos síntomas no refleja disciplina, sino riesgo cardiovascular innecesario.
4. Descuidar el control de enfermedades crónicas
Quienes padecen hipertensión arterial deben medir su presión antes de cada sesión de ejercicio. No hacerlo equivale a conducir sin mirar el velocímetro: se desconoce si el sistema vascular está preparado para el esfuerzo. Además, suspender de forma autónoma la medicación antihipertensiva bajo la creencia de que el ejercicio «reemplaza» el tratamiento es un error grave. El ejercicio es un complemento terapéutico, nunca un sustituto de la farmacoterapia indicada.
5. Descuidar los detalles previos y posteriores al ejercicio
La deshidratación, incluso leve, incrementa la viscosidad sanguínea y favorece la trombogénesis. Se recomienda hidratación fraccionada con agua tibia —entre 100 y 150 mL cada 15–20 minutos— evitando ingestas masivas que puedan alterar el equilibrio electrolítico. Asimismo, las bruscas variaciones térmicas —como salir de un ambiente calefactado a temperaturas bajo cero, o pasar de una habitación con aire acondicionado a pleno sol— provocan vasoconstricción periférica y espasmo vascular, lo que puede desencadenar eventos isquémicos agudos, especialmente en pacientes con aterosclerosis establecida.
El movimiento es vida, pero solo cuando se practica con criterio médico. Antes de atarse las zapatillas, dedique un minuto a evaluar su estado subjetivo: ¿tiene cefalea? ¿palpita fuerte el pulso? ¿siente opresión torácica o mareo? ¿su presión arterial está dentro de rangos seguros? No existe una fórmula única de ejercicio ideal: lo más saludable es aquella actividad que se realiza con comodidad, sin síntomas de alerta y adaptada a la condición cardiovascular individual.