¿Qué hacer ante una placenta acreta tras una cesárea? ¿Es curable?
La placenta acreta es una complicación obstétrica grave caracterizada por una invasión anormal del tejido placentario en el miometrio uterino, que puede extenderse hasta la serosa o incluso a órganos
La placenta acreta es una complicación obstétrica grave caracterizada por una invasión anormal del tejido placentario en el miometrio uterino, que puede extenderse hasta la serosa o incluso a órganos vecinos. Cuando se diagnostica en el contexto de una cesárea —especialmente en mujeres con antecedentes de cirugía uterina previa, como cesáreas repetidas o miomectomías—, representa un riesgo elevado de hemorragia masiva, lesión de estructuras pélvicas adyacentes y necesidad de intervenciones quirúrgicas complejas.
No existe un tratamiento conservador efectivo para la placenta acreta confirmada durante la cesárea. La estrategia terapéutica depende fundamentalmente del grado de invasión (acreta, increta o percreta), la estabilidad hemodinámica de la paciente, la experiencia del equipo multidisciplinar y la disponibilidad de recursos especializados. En la mayoría de los casos, la histerectomía subtotal o total realizada de forma controlada y planificada —preferiblemente antes de la separación manual de la placenta— constituye el estándar de oro para prevenir la pérdida sanguínea catastrófica y las complicaciones asociadas.
En situaciones excepcionales —como en pacientes jóvenes con deseo fértil preservado, diagnóstico prenatal temprano y lesión limitada— pueden considerarse abordajes conservadores, como la resección local de la zona afectada con sutura miometrial reforzada, o la ligadura selectiva de arterias uterinas bajo guía angiográfica. Sin embargo, estas alternativas conllevan riesgos significativos de infección, hemorragia tardía, retención placentaria residual y fracaso terapéutico que exija una histerectomía de rescate. Su indicación requiere evaluación rigurosa por un equipo especializado en patología placentaria y cirugía obstétrica avanzada.
El pronóstico depende críticamente del diagnóstico prenatal preciso mediante ecografía Doppler y resonancia magnética, así como de la planificación quirúrgica anticipada en centros de referencia con capacidad transfusional, cirugía vascular y soporte intensivo. Aunque la mortalidad materna ha disminuido notablemente gracias a estos avances, la placenta acreta sigue siendo una de las principales causas de muerte materna relacionada con el parto en países de ingresos medios y altos.
Por ello, la prevención primaria —evitando cesáreas innecesarias y promoviendo el parto vaginal cuando está indicado— y la vigilancia estrecha en embarazos de alto riesgo son pilares fundamentales en la atención obstétrica moderna.